Me despierto una tarde a las siete y media,
otro día que ha caído en el sinsentido,
supongo que quiso parecerse a mi vida.
Me levanto lentamente de la cama
con la sensación de estar peor que cuando me tumbé,
una sensación muy característica en mi.
Me ubico, huelo a perro, no me importa.
Salgo por la puerta y no llueve, no,
era demasiado tópico para sucederme a mi,
solo está nublado y habita un frío que corta la piel.
Camino sin rumbo, dándole vueltas a la cabeza,
no puedo apagar ni un momento la máquina,
y a veces es frustrante, demasiado frustrante.
No puedo evitar pensar en qué hago,
en que haré, en que hice mal.
Buscaré un buen rincón donde caer muerto,
muy apartado pero muy fácil de hallar,
sombrío pero con suaves destellos de brillo de luna.
Escribiré con sangre o con las uñas algo claro:
'No entiendo la vida y jamás la entenderé,
no vuelo sin alas y no pierdo la fe, pues nunca la tuve.
Saboreo el férreo gusto del rojo néctar en mi boca,
un sabor que se disolvió en mi vida desde su inicio.
Sufro, pero siento, siento y palidezco,
palidezco, pero vivo, y aunque muera mil veces, viví.'
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