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sábado, 28 de julio de 2012

''Novela'' Róbame un beso Raquel (Parte 9)


Jamás podré olvidar a aquel señor llamado Mariano Molina, cincuenta y cinco años, pero era tan activo que parecía tener veinte. Estaba allí porque le habían diagnosticado cáncer de riñón y se disponían a hacerle una nefrectomía ampliada , ya era su edad mayor para ese tipo de tratamiento, pero afirmaba una vez que o el vivía con capacidad para vivir plenamente sus días o que lo enterraran en una fría fría tumba. Luchó tanto por ello que al final consiguió que lo metieran en las listas. Era tal vividor que en vez de contarle historias era él el que me las contaba a mi, mas a él no le era necesario tener un libro en las manos, lo guardaba todo en su cabeza, o en su mollera, cómo el la llamaba. Podría haberme detenido a contar la cantidad de cosas que me contó, me faltarían dedos de las manos, y de los pies incluso. Daba gusto oírlo, se manejaba con la palabra cómo no se han visto, una dialéctica comparable a la de los mismos griegos. Discutíamos sobre cualquier bobada y sobre cualquier cosa seria, lo mismo daba, podía ser sobre cómo se escribía el nombre de un filósofo alemán o sobre la influencia que este tuvo en la filosofía contemporánea actual. Si tuviera que escoger una de sus historias escojo la que me contó un aleatorio día de verano donde el protagonista erá el.
''Hace unos años, ya bastantes, una cálida brisa anunció el principio del verano, y con la vuelta del verano, vuelven los recuerdos...
Estábamos en la playa, tirados en la arena, mirando al cielo buscando alguna nube que tuviera alguna forma graciosa. Ella acababa de salir del bañarse en el mar, aún tenía el pelo un poco mojado y se le formaban rizos rubios en las zonas ya secas, estaba preciosa. Entonces se levantó y se tiró encima mía con la intención de comerme a besos, o al menos eso creía. Había cogido arena del suelo y me la metía por todas partes, por la camiseta, en las zapatillas e incluso en la boca.
- ¡Estás loca! - dije.
- Sí, de amor por ti, tonto.
Entonces cogió otro puñado de arena y me lo tiró a la cara mientras salía corriendo. La perseguí por toda la playa cogiendo arena de vez en cuando, era mi venganza. De vez en cuando se paraba y me lanzaba un beso, o me sacaba la lengua. En uno de esos descuidos la pillé y caímos juntos al suelo. Me olvidé de la arena que tenía en la mano y la besé. Sí, esa era mi venganza y ya sabes que dicen que la venganza sabe dulce, y no me imagino venganza más dulce que ese beso de verano, con sabor a sal y menta...
Playa de Salinas, Castrillón, Asturias, mirando al horizonte cómo si detrás de él estuviesen los problemas y preocupaciones que jamás veríamos. Yo la quería, ella me quería, aunque muchos se empeñen en lo contrario eso no da ningún problema, el problema que tienen es que él no la quiere a ella o ella no lo quiere a él, ambas cosas, quien sabe. Detrás, a miles de kilómetros de esas inmensas olas con el sello de identificación de Salinas, allí se encontraban. Se disponía a anochecer cuando me agarró de la mano y me arrastró hasta entrar a un piso a pie de playa. Llamó al portero automático y al oír el ''¿Quién?'' respondió ''¡Yo!'' y la puerta sonó llamándonos para abrirla. Tras subir una a una las escaleras, 6 pisos, que palo, pobre del que viva en el sexto en un piso sin ascensor, en el séptimo intentó abrir la puerta de la azotea, en vano, estaba cerrada. Vuelta a empezar, salimos de aquel piso y entramos en uno idéntico gracias a la misma jugarreta que utilizaba para entrar a los pisos que se la antojaban.
-Funciona el noventa por ciento de las veces, créeme. -
Al segundo intento la puerta nos dejó entrar a la azotea. Allí me volvió a agarrar de la mano, e hizo que me sentara, y tras un dulce beso en la frente vimos el atardecer acurrucados en uno solo. Por muchos años que llegue a tener jamás lo olvidaré.''

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