Jamás
podré olvidar a aquel señor llamado Mariano Molina, cincuenta y
cinco años, pero era tan activo que parecía tener veinte. Estaba
allí porque le habían diagnosticado cáncer de riñón y se
disponían a hacerle una nefrectomía
ampliada
,
ya era su edad mayor para ese tipo de tratamiento, pero afirmaba una
vez que o el vivía con capacidad para vivir plenamente sus días o
que lo enterraran en una fría fría tumba. Luchó tanto por ello que
al final consiguió que lo metieran en las listas. Era tal vividor
que en vez de contarle historias era él el que me las contaba a mi,
mas a él no le era necesario tener un libro en las manos, lo
guardaba todo en su cabeza, o en su mollera, cómo el la llamaba.
Podría haberme detenido a contar la cantidad de cosas que me contó,
me faltarían dedos de las manos, y de los pies incluso. Daba gusto
oírlo, se manejaba con la palabra cómo no se han visto, una
dialéctica comparable a la de los mismos griegos. Discutíamos sobre
cualquier bobada y sobre cualquier cosa seria, lo mismo daba, podía
ser sobre cómo se escribía el nombre de un filósofo alemán o
sobre la influencia que este tuvo en la filosofía contemporánea
actual. Si tuviera que escoger una de sus historias escojo la que me
contó un aleatorio día de verano donde el protagonista erá el.
''Hace
unos años, ya bastantes, una
cálida brisa anunció el principio del verano, y con la vuelta del
verano, vuelven los recuerdos...
Estábamos en la playa, tirados en la arena, mirando al cielo buscando alguna nube que tuviera alguna forma graciosa. Ella acababa de salir del bañarse en el mar, aún tenía el pelo un poco mojado y se le formaban rizos rubios en las zonas ya secas, estaba preciosa. Entonces se levantó y se tiró encima mía con la intención de comerme a besos, o al menos eso creía. Había cogido arena del suelo y me la metía por todas partes, por la camiseta, en las zapatillas e incluso en la boca.
- ¡Estás loca! - dije.
- Sí, de amor por ti, tonto.
Entonces cogió otro puñado de arena y me lo tiró a la cara mientras salía corriendo. La perseguí por toda la playa cogiendo arena de vez en cuando, era mi venganza. De vez en cuando se paraba y me lanzaba un beso, o me sacaba la lengua. En uno de esos descuidos la pillé y caímos juntos al suelo. Me olvidé de la arena que tenía en la mano y la besé. Sí, esa era mi venganza y ya sabes que dicen que la venganza sabe dulce, y no me imagino venganza más dulce que ese beso de verano, con sabor a sal y menta...
Estábamos en la playa, tirados en la arena, mirando al cielo buscando alguna nube que tuviera alguna forma graciosa. Ella acababa de salir del bañarse en el mar, aún tenía el pelo un poco mojado y se le formaban rizos rubios en las zonas ya secas, estaba preciosa. Entonces se levantó y se tiró encima mía con la intención de comerme a besos, o al menos eso creía. Había cogido arena del suelo y me la metía por todas partes, por la camiseta, en las zapatillas e incluso en la boca.
- ¡Estás loca! - dije.
- Sí, de amor por ti, tonto.
Entonces cogió otro puñado de arena y me lo tiró a la cara mientras salía corriendo. La perseguí por toda la playa cogiendo arena de vez en cuando, era mi venganza. De vez en cuando se paraba y me lanzaba un beso, o me sacaba la lengua. En uno de esos descuidos la pillé y caímos juntos al suelo. Me olvidé de la arena que tenía en la mano y la besé. Sí, esa era mi venganza y ya sabes que dicen que la venganza sabe dulce, y no me imagino venganza más dulce que ese beso de verano, con sabor a sal y menta...
Playa
de Salinas, Castrillón, Asturias, mirando al horizonte cómo si
detrás de él estuviesen los problemas y preocupaciones que jamás
veríamos. Yo la quería, ella me quería, aunque muchos se empeñen
en lo contrario eso no da ningún problema, el problema que tienen es
que él no la quiere a ella o ella no lo quiere a él, ambas cosas,
quien sabe. Detrás, a miles de kilómetros de esas inmensas olas con
el sello de identificación de Salinas, allí se encontraban. Se
disponía a anochecer cuando me agarró de la mano y me arrastró
hasta entrar a un piso a pie de playa. Llamó al portero automático
y al oír el ''¿Quién?'' respondió ''¡Yo!'' y la puerta sonó
llamándonos para abrirla. Tras subir una a una las escaleras, 6
pisos, que palo, pobre del que viva en el sexto en un piso sin
ascensor, en el séptimo intentó abrir la puerta de la azotea, en
vano, estaba cerrada. Vuelta a empezar, salimos de aquel piso y
entramos en uno idéntico gracias a la misma jugarreta que utilizaba
para entrar a los pisos que se la antojaban.
-Funciona
el noventa por ciento de las veces, créeme. -
Al
segundo intento la puerta nos dejó entrar a la azotea. Allí me
volvió a agarrar de la mano, e hizo que me sentara, y tras un dulce
beso en la frente vimos el atardecer acurrucados en uno solo. Por
muchos años que llegue a tener jamás lo olvidaré.''
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