Catorce
de febrero, fecha muy señalada, Chest, mi querido perro, ha muerto
de viejo y lo tenía mucho cariño. Me llaman al móvil, algo ha
pasado, se trata de Raquel, está en el hospital. Nada grave,
presupongo, y para darme en las narices con toda la fuerza del
momento, si, es algo muy grave, a Raquel la ha atropellado un
autobús, además del accidente, justo hoy.. No me puedo sentir más
mal, intento despertarme pero no puedo, lo he intentado tantas veces
que estoy por creer que esto ha pasado de verdad, y valla, si, ha
pasado en la vida real. Tras asumirlo voy corriendo al hospital en un
taxi, y me encuentro con su familia junto a conocidos suyos, cómo
no, les pregunté por su estado. El golpe no ha herido de gravedad
ningún hueso ni musculo, el cráneo ha sabido contrarrestar el golpe
gracias a que el conductor supo reaccionar a tiempo, mas el golpe en
la cabeza la ha dejado en coma. Ya que la familia sabía que era
importante para ella le piden a los médicos que me dejen pasar. Al
estar en el cuarto a solas con ella y sufriendo todo lo que sufría
me di cuenta de que mi amor por ella superaba con creces el que
dirán, la opinión de los demás, pero ya que más da, es muy
difícil que Raquel supere el coma, según los que la tratan no
esperan que se despierte, o al menos en bastante tiempo, la beso
mientras no me ve nadie. ''Puedo jurar que esperaré lo necesario
para verte despierta'' me digo. Y lo hice, puedo jurar que la esperé
los, …, los, fue tan eterno que no podría ponerle duración, para
mí fueron décadas y décadas, siglos y siglos de desesperación.
Visitándola todos los días, agarrando su mano, acariciando su pelo,
tocando una a una las canciones que compuse en su ausencia. Me
acostumbré a ese hospital, y ese hospital se acostumbró a mi. Ya
todos me conocían. Siempre que no estaba en clase estaba allí.
Cuando tenía exámenes, la gente solía verme cargada de libros, si
era su cumpleaños, toda su familia veía un ramo de flores sobre su
mesa con mi firma. Sus padres me conocieron a fondo, conocí a fondo
a sus padres, sabían que eramos lo que la amistad eterna es,
incesante. De tarde en tarde, tras tomarme un café solía leerle
cuentos a los niños y novelas a los ancianos que andaban por allí
ingresados siempre alerta por si me avisaban por si había novedades
sobre Raquel, quería que despertara junto a mi, incluso me compré
un busca por si se despertaba durante las clases.
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